
Nunca creyó en supersticiones, magia negra ni en esas pavaditas del vudú y muñequitos pinchados. Ariel era un tipo tranquilo y solitario. Ninguna mujer había logrado quedarse más de una noche en su cama y ninguna llegó a conocer -hasta aquél día- su cocina gourmet, aromática y encantadora.
Soltero, guapo, y con un porvenir brillante en su carrera como asesor político lo convertían en el deseo inmediato de muchas mujeres. Deseo que se hacía evidente cada vez que entraba a alguna oficina o lugar público. Sólo verlo sentado en una mesa, tomando una copa de vino era una provocación para la mayoría de las mujeres que frecuentaban el lugar donde Ariel acostumbraba almorzar mirando el río.
El martes 13 nunca le había causado escalofríos y, a sus 36 años, el marketing de la mala suerte no iba a intimidarlo y salió de su casa desafiando todo pronóstico de mal tiempo. Sin embargo, al tocar su rostro una suave brisa, Ariel se sintió frágil, vulnerable, volátil y en ese mismo instante se desvaneció.
- Dónde estoy? Quién sos? Qué me pasó?
- Soy Sandra. Te encontré tirado en la calle, estuviste inconsciente todo el día pero ya estás bien.
La voz provenía de una mujer que no lograba distinguir pero entre una imagen nebulosa pudo notar unos hermosos bucles castaños que caían sobre sus pechos turgentes cubiertos por una suave bata de seda. Una suave, aunque firme voz era la dueña de esos bucles.
El martes 13 nunca le había causado escalofríos y, a sus 36 años, el marketing de la mala suerte no iba a intimidarlo y salió de su casa desafiando todo pronóstico de mal tiempo. Sin embargo, al tocar su rostro una suave brisa, Ariel se sintió frágil, vulnerable, volátil y en ese mismo instante se desvaneció.
- Dónde estoy? Quién sos? Qué me pasó?
- Soy Sandra. Te encontré tirado en la calle, estuviste inconsciente todo el día pero ya estás bien.
La voz provenía de una mujer que no lograba distinguir pero entre una imagen nebulosa pudo notar unos hermosos bucles castaños que caían sobre sus pechos turgentes cubiertos por una suave bata de seda. Una suave, aunque firme voz era la dueña de esos bucles.
-Ya es tarde y se hizo de noche -le dijo Sandra- pero no me animaba a despertarte. Si querés irte no tengo inconvenientes, puedo llamarte un auto y quedamos a mano si me invitas a un café algún día.
Ariel pareció no escuchar. Aquella imagen lo dejó embelesado y en esa embriaguez en la que se encontraba le ofreció compensar su amabilidad con una riquísima cena para ambos. Sandra no lo dudó y fue derecho hacia su cocina, descorchó un vino y ofreció la primera copa a Ariel.
Cada sorbo le provocaba una sensación ardiente en el cuerpo, cada sorbo le nublaba la vista y antes de cerrar sus ojos la vio sacando un frágil muñequito. La vio jugar con él, la vio acercando algo a su cabeza…luego no vio nada más. Sintió la quemazón en sus ojos y una voz que suavemente le decía: “ahora empezarás a creer aunque no veas”.










